De todo un poco y de nada mucho


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22/11/09


Pero el amor, esa palabra...

(...)
Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua.
(...)

Rayuela|J.Cortázar

21/8/09


No uso reloj. No me gusta.
No es que juzgue a quien usa reloj, pero en general simpatizo con quienes no lo hacen.

Hoy, viajando en el A14 a Tala, descubrí un cuento de Cortázar que acá les dejo (sonrisita mediante):


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

(Cortázar - Historias de Cronópios y de Famas)

8/2/09

(...)
Pero la publicidad a favor de la natalidad sigue en sus trece y el público llora enternecido cuando ve la imagen de una madre dando de mamar o la de un crío gesticulando. Me repugna todo eso. Cuando imagino que, junto a otros millones de entusiastas, debería inclinarme con una sonrisa estúpida, ante un cochecito, me corre un escalofrío por la espalda.
- Continúe - dijo Bertlef.
- Y naturalmente tengo que pensar en el mundo en el que nacería ese hijo.
Inmediatamente se apoderaría de él la escuela y le metería en la cabeza las mentiras contra las que yo mismo he luchado inútilmente toda la vida. Debería permanecer impasible viendo cómo mi descendiente se convierte en un bobo conformista? O debería transmitirle mis propias ideas y verlo infeliz por tener que enfrentarse a los mismos conflictos que yo?
- Continúe - dijo Bertlef.
- Y naturalmente tengo que pensar en mí. En este país los hijos son castigados cuando los padres son desobedientes y los padres cuando son desobedientes los hijos. Cuántos jóvenes han sido expulsados de sus estudios porque sus padres habían caído en desgracia! Y cuántos padres se han resignado a ser toda su vida unos cobardes, sólo para no perjudicar a sus hijos! Si alguien quiere mantener aquí al menos un poco de libertad, no puede tener hijos - dijo Jakub y se quedó en silencio.
- Le faltan aún cinco motivos para completar el decálogo - dijo Bertlef.
- El último motivo es tan grande que vale por cinco - dijo Jakub-. Tener un hijo significa manifestar que se está absolutamente de acuerdo con el hombre. Si tengo un hijo, es como si dijera: He nacido, he experimentado la vida y he comprobado que es tan buena que merece ser repetida.
- Y usted no cree que la vida sea buena? -preguntó Bertlef.
Jakub procuró hablar con precisión y dijo con cautela:
- Lo único que sé es que nunca podría decir con profunda convicción: El hombre es un ser magnífico y quiero repetirlo.
(...)

Fragmento de "La despedida" de Milan Kundera.

14/12/07

EL EVANGELIO SEGUN JESUCRISTO
Reincidí en Saramago, esta vez en la obra que le valió el premio Nóbel. Es que me gustó tanto el ensayo de la ceguera que quise leer algo más.

Al prinpcio confieso que me decepcioné, esperaba otra cosa y no la misma historia de Jesús, José y María contada de un modo diferente.

Pero a lo que fui avanzando en el libro me di cuenta de lo que saramago estaba haciendo, aaaaah pillín, no era la historia de Jesús contada otra vez, no no. Es una versión más realista, más humana de este personaje que ha dado tanto que hablar a lo largo de 2 milenios y 7 años. Cargada de ironías, y puertas semiabiertas a la libre interpretación de los hechos.

El final es de lo mejor. Si, bueno, no tiene mucho suspenso ya que TODOS sabemos como termina la historia, pero Saramago le da un vuelco sorpresa que me dejó "de cara". A los 2 días volví a leer el párrafo final porque me dejó pensando bastante.

Conclusión: me gusta Saramago, escribe que la rompe.

Pero ahora cambié de autor, y estoy leyendo "el tercer hombre" de Graham Green. Despues les cuento.

A los creyentes con mente abierta, lean el libro, les va a hacer pensar.
A los que creyentes tercos, no lo lean, no lo van a entender ni les va a gustar.
A los agnósticos: esta es la mejor opción para leer en la semana previa a navidad.
A los ateos: ciencia ficción de la mejor !

27/10/07

LÍMITES . Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.


Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,


Hay un espejo que me ha visto por última vez,


Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.


Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)


Hay alguno que ya nunca abriré.


Este verano cumpliré cincuenta años;


La muerte me desgasta, incesante.


De Inscripciones, de JULIO PLATERO HAEDO (Montevideo, 1923)

20/10/07

EL CUENTO DE LA PISCINA Moscú, 1923 - Un día, en la escuela de arquitectura, un estudiante diseñó una piscina flotante. Nadie recordaba quién había sido. La idea se respiraba en el ambiente. Otros estaban diseñando ciudades voladores, teatros esféricos y planetas artificiales enteros. Alquien tenía que inventar la piscina flotante. La piscina flotante -un enclave de pureza en un entorno contaminado- parecía un primer paso, modesto pero radical, dentro de un programa gradual para mejorar el mundo gracias a la arquitectura. Para demostrar la fuerza de la idea, los estudiantes de arquitectura decidieron construir un prototipo en su tiempo libre. La piscina era un largo rectángulo de planchas metálicas atornilladas a una estructura de acero. Dos vestuarios lineales, aparentemente interminables, formaban los lados más largos: uno para hombres y el otro para mujeres. En cada uno de los extremos había un vestíbulo acristalado con dos paredes transparentes; una de ellas mostraba las actividades subacuáticas, saludables y a veces excitates, de la piscina; y la otra, los peces que agonizaban en el agua contaminada. Así pues, se trataba de una sala verdaderamente diálectica, usada para hacer ejercicio físico, broncearse de manera artificial y mantener contactos sociales con los nadadores casi desnudos. El prototipo se convirtió en la construcción más popular de la historia de la arquitectura moderna. Debido a la escasez crónica de mano de obra soviética, los arquitectos o constructores hacían también de socorristas. Un día descubrieron que si nadaban al unísono -en tandas regulares y sincronizadas de un extremo a otro de la piscina- todo el conjunto empezaba a moverse lentamente en sentido opuesto. Se quedaron atónitos ante esta locomoción involuntaria; en realidad, se expicaba por una sencilla ley de la física: acción = reacción. A principios de la década de 1930, la situación política -que en su momento había fomentado proyectos como el de la piscina- se vuelve inflexible, incluso amenazadora. Unos cuantos años después, la ideología que representaba la piscina, su carácter furtivo, su presencia física casi invisible, la cualidad como de icebrg de su actividad social sumergida: de repente todo ellos e volvió subversivo. En una reunión secreta, los arquitectos o socorristas decidieron usar la piscina como vehículo para su huida hacia la libertad. Gracias al por entonces bien conocido método de la autopropulsión, podían ir a cualquier parte del mundo donde hubieese agua. Era lógico que quisieran ir a América, en especial a Nueva York. En cierto modo, la piscina era una manzana de Mmanhattan realizada en Moscú, que así alcanzaría su destino natural. Una mañana temprano, en plena década estalinista de 1930, los arquitectos se alejaron de Moscú, nadando incesantemente por tandas en la dirección de los bulbos dorados del Kremlin. Nueva York, 1976 - Un programa rotatorio asignaba a cada socorrista o arquitecto un turno en el mando de la "nave" (una oportunidad rechazada por algunos anarquiestas a ultranza, que anteponían a esas responsabilidades la integridad anónima de nadar continuamente). Tras cuatro décadas de travesía por el Atlántico, sus bañadores (el frente y la espalda eran exacamente iguales, una normalización derivada de un edicto de 1922 para simplificar y acelerar la producción) casi se habían desintegrado. A lo largo de los años, habían convertido algunos sectores del vestuario o pasillo en "habitaciones" con improvisadas hamacas, etcétera. Resultaba soprendente cómo, tras 40 años en el mar, las relaciones entre las personas no se habían estabilizado, sino que seguían presentado esa volatilidad tan familiar en las novelas rusas; justo antes de llegar a Nueva York, había habido un estallido de histeria que los arquitectos o nadadores habían sido incapaces de explicar, salvo como una reacción retardada a su madurez colectiva. Cocinaban en una estufa primitiva, alimentándose de las provisiones de repollo y tomates en conserva, y de los peces que encontraban cada amanecer, arrastrados hasta la piscina por las olas del Atlántico (aunque estaban cautivos, estos peces eran difíciles de capturar debido a la inmensidad de la piscina). Cuando finalmente llegaron, casi no se dieron cuenta, pues tenían que nadar en dirección opuesta a donde querían ir, es decir, hacia lo que querían dejar atrás. Era extraño lo famiiar que les resultaba Manhattan. Siempre habían soñado con Chryslers de acero inoxidable y Empire States voladores. En la escuela, incluso habían tenido visiones más audaces, de las cuales, curiosamente la piscina (casi invisible: prácticamente sumergida en la contaminación del East River) era una prueba: con las nubes relejándose en su superficie, era algo más que un rascacielos; era un pedazo de cielo ahí en la tiera. Sólo faltaban los zepelines que habían visto 40 años antes cruzando el Atlántico a una velocidad exasperante. Suponían que estarían flotando por encima de la metrópolis como una densa masa nubosa de ballenas ingrávidas. Cuando la piscina atracó cerca de Wall Street, los arquitectos o nadadores o socorristas se quedaron atónitos ante la uniformidad (en el vestido y el comportamiento) de su visitantes, que invadieron la embarcación en una desbandada brutal por los vestuarios y las duchas, desoyendo completamente las instrucciones de los superintendentes. ¿Había llegado el comunismo a los Estados Unidos mientras ellos estaban cruzando el Atlántico?, se preguntaron horrorizados. Habían nadado todo este tiempo para evitar exactamente eso: esa tosquedad, esa falta de individualidad, que no desparecieron ni siquiera cuando todos los hombres de negocios se despojaron de sus trajes de marca (las inesperadas circuncisiones contribuyeron a acentuar esta impresión en los provincianos rusos). Escandalizados, zarparon de nuevo llevando la piscina corriente arriba: ¿un salmón oxidado, a punto -finalmente- de desovar? Tres meses más tarde Los arquitectos de Nueva York estaban inquietos por el repentino influjo de los constructivistas (algunos bastante famosos, y otros a los que se cría hace tiempo deportados a Siberia -si no ejecutados- después de que Frank Lloyd Wright visitase la URSS en 1937 y traicionase a sus colegas modernos en nombre de la arquitectura). Los neoyorquinos no dudaron en criticar el diseño de la piscina; por entonces todos estaban en contra del movimiento moderno, haciendo caso omiso de la decadencia de su profesión, de su propia irrelevancia cada vez más patética, de su producción desesperada de flácidas mansiones campestres, del mustio suspense de sus manidas complejidades, del gusto seco de su poesía inventada y de los padecimientos de su sofisticación irrelevante, se quejaban de que la piscina era anodina, rectilínea, poco audaz y aburrida; que no había alusiones históricas; que no había decoración; que no había... nada de ruptura, de tensión, de ingenio, sino tan sólo líneas rectas, ángulos de 90 grados y el color apagado de la herrumbre. (En su implacable sencillez, la piscina era para ellos una amenaza: como un termómetro que pudiese insertarse en sus proyectos para tomar la temperatura de su decadencia). Sin embargo, para acabar con el constructivismo, los neoyorquinos decidieron conceder a sus supuestos colegas una medalla colectiva en una discreta ceremonia a orillas del río. Contra el fondo de la siuelta de la ciudad, el apuesto potavoz de lo arquitectos de Nueva York pronunció un amable discurso. La medalla llevaba una antigua inscripción de la década de 1930, según recordó a los nadadores. Ya no resultaba relevante -dijo- , pero ninguno de los arquitectos actuales de Manhattan había sabido encontrar un nuevo lema... Los rusos leyeron. Decía así: "No hay un camino fácil para ir de la tierra a las estrellas". Mirando el cielo estrellado que se reflejaba en el estrecho rectángulo de la piscina, un arquitecto o socorrista -todavía chorreando tras su último largo- contestó por todos ellos: "Tan sólo hemos venido de Moscú a Nueva York". Y luego se tiraron al agua para retomar su conocida formación. Cinco minutos más tarde Frente al hotel Welfare Palace, la basa de los constructivistas colisiona con la balsa de la Medusa: el optimismo contra el pesimismo. El acero de la piscina se hunde en el plástico de la escultura como un cuchillo en la mantequilla. Rem Koolhaas - Delirius New York