De todo un poco y de nada mucho


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13/4/12

Caraguá

Caminé por las mismas calles, aquellas que una vez fueron de tierra.
Me bañé en la misma playa, la de hace 30 años. No me recordaba. No la culpo.
Las palmeras sí me saludaron, me vieron llegar más grande y más cansada, y se confundieron entre mi sombra.
El olor del clima, las lamparitas amarillas, los adoquines hexagonales... todo se me filtraba entre los poros.
Volví a maravillarme como en aquella época, de risa fácil y tiempo ligero.
Por un momento se juntaron mi pasado con mi presente, se saludaron e intercambiaron comentarios.
Yo miraba, atónita, otra vez cinco años, los árboles de hojas redondas, las lagartijas sin cola, los morros mezclados con la niebla del mar.

Y descubrí, entre nostalgia y melancolía, que hay lugares a los que no se vuelve, ni aún volviendo.


8/9/11

el juego de la vida

Cuando era niña me regalaron un juego de mesa, de aquellos con tablero, fichitas y billetes al estilo bancario. Se llamaba "el juego de la vida".
Era bastante divertido, nos pasábamos rato jugando a eso.

Básicamente consistía en lo siguiente: cada jugador elegía una ficha, que en este juego tenían forma de autitos, a los que se le iban colocando pinitos en forma de personas.
Se tiraban los dados. En esa primer ronda, según la casilla donde cayera tu pinito, se te asignaba una profesión. Lo mejor era ser médico, te aseguraba un sueldo durante el resto de juego de $50.000.
El abogado ganaba $40.000, el diarero $24.000, y así...
Creo que el peor sueldo era el de empleado, $12.000.
El resto del juego consistía en ir avanzando por las casillas y haciendo lo que te iban indicando: "compraste una televisión, debes pagar $3.000", o entonces "es tu cumpleaños, cada jugador te regala $500", y así.
Claro, comparado con los juegos Wii de ahora, puede parecer una porquería. Pero en ese entonces era uno de nuestros juegos preferidos.

Casi en la mitad del tablero, te tocaba casarte, y entonces agregabas otro pinito al auto y cada jugador te regalaba dinero.
Luego de unas casillas podía tocarte que tuvieras hijos. Cada hijo era un pinito más al auto y más billetes en regalos.
Al llegar al final del tablero, se ponían todos los autitos juntos, como esperando el juicio final. Entonces se contaban los hijos de cada auto, las propiedades adquiridas, el dinero generado.
Quien tuviera más dinero, ganaba el juego de la vida.


Varias reflexiones desata este recuerdo. Sobretodo en esta época de cuestionamientos y puestas en balanza: elegí una profesión difícil. (Las hay más difíciles, de acuerdo, pero cada uno que se ocupe de sus quejas, yo voy a las mías).
Desempeñarse de forma independiente cuesta un huevo, los clientes te llenan el saco el día entero, nadie quiere gastar en honorarios, parece que lo que uno hace no tiene valor alguno. Mi profesión se prostituye día a día. Pienso: no hubiera sido mejor estudiar para contador? A todos les va bien! (No existía la casilla "contador" en el juego de la vida, será por eso que no se me ocurrió...)

Y la vida, la real, trascurrre y no hay modo de tirar los dados de nuevo. Y avanza el tablero, vertiginosamente, y todavía no estoy ni en la mitad, ya sé, pero es interesante la comparación... se siente como si estuviera jugando, y hubiera elegido este auto y este pinito.

Entonces se me ilumina una idea, se me ocurre, que por una vez la culpa no la tienen los padres! La culpa la tienen los juegos de mesa que jugábamos de chicos!
Especialmente con ese tipo de enseñanzas de que al final de todo, el que ganó más dinero triunfa en la vida. Tamaña moraleja sólo puede generar frustración!
Así quedaron las generaciones que jugaban a esas cosas...
Es evidente, acá estoy yo, quejándome de llena.

Lo bueno es que ya encontré al culpable. (Después de todo, es lo único que alivia).



11/12/10

*Nota: el siguiente post es sólo para adultos. Se revelan aquí algunas cosas que los niños no deberían leer.
La autora no se hace responsable de los resultados.




Creo que es hora de ponerle fin a esta farsa.
Cada año es la misma cosa... engañar así a los niños, no les da vergüenza?

Creo que si nos abstraemos del gordito simpático de nariz rosada y barbas blancas, lo que descubrimos es una terrible mentira.
Mentira que tarde o temprano quedará al descubierto, y ahí es cuando empiezan los problemas...
Adiós ternura, adiós esperanzas. Qué queda? La mentira viene de los propios padres, tíos, abuelos, hermanos, amigos incluso!
La gran mayoría de los problemas mundiales se verían solucionados, creo yo, si los niños no tuvieran que pasar por este baldazo de realidad desde tan temprano.
Es ahí cuando se termina la infancia, no en la pubertad.
Ese es el momento en el que nuestra inocencia se ve burlada, vejada, escupida incluso.

En mi caso particular, dejó marcas traumáticas que aún trato en terapia.
Ya no me avergüenza contar la historia. De hecho lo hago para que tomen conciencia, padres del mundo, del mal que le están haciendo a los adultos del futuro.

Desde chiquita, teniendo yo 4 o 5 años, mi amiga de la infancia, que vivía puerta por medio, me reiteraba incansablemente que "papá noel no existe, son los padres".
Pero mi fe era inquebrantable.
Con rabia la miraba, con rabia y con pena, pobrecita... no tiene fe...
Pero claro que alguna duda me surgía, entonces corría yo a los brazos de mi querida madre (que me mentía a cara de perro, vean ustedes) y le contaba la insistencia de mi amiga en negar al buen papá noel.
Mi madre exponía su argumento una y otra vez: "es que papá noel sólo visita a quienes creen en él. Como ella no cree, los padres le regalan cosas para que no se ponga triste. Por eso ella piensa que papá noel son los padres".
Una y otra vez escuché el argumento, una y otra vez me regocijé por dentro. Yo era una de las afortunadas.
Mi fidelidad, mi absoluta redención, se veían premiadas cada navidad con un árbol lleno de regalitos con mi nombre en ellos.

Alguna vez traté de evangelizar a mi amiga. Traté de llevarla por mejores sendas. Le dije: "si tú no crees, nunca vendrá... y tus padres deberán seguir comprándote los regalos..."
Con mi manita apoyada en su hombro, mis ojos brillantes por la esperanza que me llenaba,  y mi mejor mirada de compasión hacia esa pobre alma perdida.
Alma perdida que se mataba de risa, a carcajadas, y repetía otra vez: "no seas boba!! papá noel no-ec-sis-te"

Así pasó el tiempo.
Me mudé luego. No vi más a mi amiga y no tuve que soportar más sus teorías conspiratorias.

Entré a la escuela. Ahí tuve que afrontar varias negaciones más. Todos esos niños perdidos, negando y renegando el milagro de navidad. Pobres...
Se reían de mí, claro está. Pero yo hacía oídos sordos a sus risas necias.
Yo estaba más allá.
Yo veía lo que ellos no.
Y por eso yo recibía mis regalos de la mano del legítimo papá noel.

Siguió pasando el tiempo... no diré cuánto tiempo pasó, pero les aseguro que ya estaba bastante grandecita.

Un año, al acercarse la fecha, las negaciones ya eran demasiadas y estaban por todas partes.
Hasta una fe estoica como la mía tiene sus resquemores. Así que fui nuevamente con la pregunta a mi madre, cual católico se acerca al confesionario: "mamá, las dudas vuelven, preciso escucharte decirlo otra vez... papá noel existe, verdad?"

No olvidaré jamás la escena.
Mi madre, sentada en la cama, se quebró por fin. Luego de años de mentirme sin compasión (a mí! su propia sangre!), vio el desespero en mis ojos y confesó (entre risas lo confesó la muy maldita): "no nena, papá noel no existe..."

Mis piernas se aflojaron. El mundo a mi alrededor se detuvo.
Se me nubló la vista y se me aceleró el pulso.
No podía ser cierto. No podía.
Recordé a mi amiga, recordé a tantas otras personas que juzgué de tercos.
Me sentí usada, ultrajada, burlada.

Entonces hice cuentas mentales y até cabos. Mirando con desespero a mi progenitora realicé mi siguiente pregunta: "y los reyes magos tampoco!?"


11/11/10

Leyendo el blog de jennisima, recordé una anécdota sabrosa, que desearía compartir con ustedes, si me lo permiten.
Y si no me lo permiten también, porque para eso soy la dueña de este blog, JA!


Sucedió hace unos 7 años. Estaba en la casa de mi padre, en Brasil.
Él y mis dos hermanos habían salido a "trabajar".
Como yo me había quedado durmiendo a pata suelta, decidí hacer algo por ellos, algún gesto de cariño y compensación. Se me ocurrió que era una buena idea cocinarles algo.
No recuerdo el menú, pero incluía cocinar arroz.
De abajo de la mesada agarré el aceite y frité un poco de cebolla con el arroz. Noté que no hacía ruidito de fritura, pero supuse que el aceite brasilero era así mismo.
Eché, entonces, el agua para hacer el arroz. Al instante se formaron un montón de burbujitas y espuma, a la vez que salía un delicioso olor a limón.
No tengo mucha experiencia como cocinera, pero seguro que algo no estaba bien.
Volví a mirar bajo la mesada y... oops! En vez de aceite había usado detergente.

No sé exactamente qué me llevó a actuar como lo hice a continuación, pero en vez de tirar y hacer el arroz otra vez, decidí lavarlo (literalmente lavarlo, jejeje), y una vez que lo supuse limpito, repetí la operación de fritado, esta vez asegurándome de usar aceite de verdad.
Terminé justo a tiempo cuando los hombres de la casa entraban por la puerta.

-Tenemos hambre! - exclamaron.
-Genial, porque les preparé el almuerzo! - dije orgullosa y serví la mesa.
Comenzaron a comer.
-Mmmm, qué rico - dijeron saboreando el jabonoso arroz.

Pasó un rato de incómodo silencio hasta que uno de mis hermanos observó tímidamente, como con miedo a herir mis sentimientos:
- El arroz está un poco... estem... raro.
- Si - acotó mi padre - creo que le falta sal , no?

Ahí ya no pude resistirlo más. Era hora de confesar mi desastroso rol como cocinera y evitarles seguir con el suplicio.
Solté la carcajada al momento que les contaba la anécdota y retiraba los platos.


Ese día me quedó claro cuánto me quieren esos tres!
(También me quedó claro que el paladar de mi padre deja mucho que desear...).


5/5/10


Hace muchos años, como 7 años, un amigo me planteó una interrogante de esas que después te acompañan durante el resto de tu vida.

Empezó haciéndome partícipe de su experimento, me preguntó:
- Cuando se termina la película en el cine, vos qué hacés? te levantás enseguida y salís de la sala? O esperás a que empiece a salir la gente antes de salir vos? (ojo, que decimos cine, pero bien podría tratarse de cualquier evento masivo).

La respuesta, para mí, era clarísima:
- No no, yo espero a que se vaya un poco la gente, y después salgo.

Él me miró con una sonrisa de oreja a oreja, pues mi respuesta colaboraba en su hipótesis.
Se explayó:
- Viste? yo no conozco a ninguna persona, ninguna eh, que responda "soy el primero en salir". Y mirá que le vengo preguntando esto a todo el mundo desde hace tiempo. Entonces pienso: quiénes son los primeros en salir!? dónde están? dónde viven? cómo es que no conozco a ninguno?

(No cuestionaremos ahora el tiempo libre de mi amigo, y nos dejaremos llevar, crédulos, como si de un truco de magia se tratara).

Su investigación, lejos de ser merecedora de un pulitzer, me pareció sumamente interesante, y me comprometí con la causa. De ahí en más, pregunté a todos mis conocidos, qué hacían cuando se terminaba la película en el cine. No encontré ni un alma cuya respuesta fuera "salgo enseguida".
Quiénes eran, entonces, esas personas que daban el paso inicial? Esas que permitían que el resto de nosotros pudiera salir al empezarse a vaciar la sala? Resultaba gracioso pensarlo.

Pasaron los años y me olvidé del asunto. Digamos que tuve otras cosas en qué pensar.
Pero en algún lugar de mi masa gris, la interrogante esperaba, ansiosa, a ser dilucidada algún día.


Resulta que el viernes pasado fui al cine a ver Hiroshima.
Siete años después, y la hipótesis de mi amigo tuvo su revancha.
Al terminar la película, ni una sola criatura se levantó de su asiento.
Las letritas pasaron impunes, actores, agradecimientos, banda sonora, logos, se prendieron las luces de la sala... nadie se movía de su asiento.*
Como nadie daba el primer paso, todos nos íbamos quedando. Yo incluso miré para atrás, como diciendo "y? nadie se levanta? nadie se va?"

No tardé en recordar aquellos años de investigación, y me reí sola, aún sentadita en mi butaca: Nos habíamos juntado en una misma sala, todas las personas que esperan a que otro se levante. Pudimos haber estado ahí eternamente, pero los funcionarios de Casablanca nos vinieron a echar.

Todavía no llamé a mi amigo para contarle, y es probable que nunca lo haga. Supongo que eso arruinaría la base misma de su razonamiento, y por tanto acabaría con su cruzada.
Hay cosas que es mejor guardarlas para uno (y para su blog, claro).


*Creo que estábamos todos tratando de entender qué cuernos fue lo que vimos, pero aceptar esto sería arruinar la hermosa conclusión de mi historia.

4/5/10


Había una vez un pastor, que tenía la pierna hinchada.
Se hinchaba y se deshinchaba, se hinchaba y se deshinchaba,
y cada vez estaba peor!
Pero ahora viene lo mejor...

Había una vez un pastor, que tenía la pierna hinchada.
Se hinchaba y se deshinchaba, se hinchaba y se deshinchaba,
y cada vez estaba peor!
Pero ahora viene lo mejor...

Había una vez un pastor, que tenía la pierna hinchada.
Se hinchaba y se deshinchaba, se hinchaba y se deshinchaba,
y cada vez estaba peor!
Pero ahora viene lo mejor...

Había una vez un pastor, que tenía la pierna hinchada.
Se hinchaba y se deshinchaba, se hinchaba y se deshinchaba,
y cada vez estaba peor!
Pero ahora viene lo mejor...

Había una vez un pastor, que tenía la pierna hinchada.
Se hinchaba y se deshinchaba, se hinchaba y se deshinchaba,
y cada vez estaba peor!
Pero ahora viene lo mejor...


Mi padre, cuando yo le pedía "contame un cuento" antes de dormir.
Y yo siempre conservaba la esperanza de que ahora viniera lo mejor.
Y al rato me enojaba mucho y le pedía que ya se callara.
Eso a él lo divertía, claro.
Y seguía un poco más, diciendo que ahora sí viene lo mejor, te prometo, escuchá:

Había una vez un pastor, que tenía la pierna hinchada.
Se hinchaba y se deshinchaba, se hinchaba y se deshinchaba,
y cada vez estaba peor!
Pero ahora viene lo mejor...


No sé por qué me acordé de eso hoy.
Pero estuvo lindo.


30/11/09


En otra vida fui un gusanito chuwi-chuwi.
No me lo tuvo que decir ninguna tarotista, simplemente lo sé.

Recuerdo que mi vida era muy tranquila.
Recuerdo las hojas verdes, suavecitas y tan ricas.
Recuerdo que moverme llevaba su tiempo.(Eso no lo extraño, es mucho mejor ahora que tengo piernas).

Ser un gusanito chuwi-chuwi tenía sus riesgos. Ya fuera un pájaro o algún otro animal más grande que yo, cualquiera me hubiera comido vivo.

Por suerte superé la adolescencia sin grandes traumas. Tuve mis noviecitas y una vuelta me hice un viaje espectacular desde mi arbusto hasta el de enfrente. Me llevó un montón de tiempo pero valió la pena.

Un buen día me aburrí de mi vida de gusanito y me envolví todo en mi propia seda.
Pasé un montón de días así. Yo no sé ni cuanto tiempo estuve así.
Lo cierto es que me fui cambiando. Ya estaba cansado de arrastrarme y de que cada movimiento me llevara horas. Así que me hice alas. Y cuando estuvieron bien fuertes, asomé mi cabecita. Lo recuerdo bien porque fue como nacer denuevo. Vi una lucesita, hice fuerza fuerza y salí, todo cambiado, hecho una polilla. Como no tenía colores (no me pareció importante perder tiempo en nimiedades), algunos opinaron que mi apariencia era inmunda. Pero la opinión de los demás me resbalaba, esos envidiosos... Así que batí mis alas, como si lo hubiera hecho siempre, y remonté vuelo. Maravilloso. Volé y volé y volé. Rato volé.

Después entré por una ventana y quise espiar la vida de los humanos, vida que ahora conozco bien de cerca, pero en ese entonces no, porque era una polilla nada más.
Me metí en un ropero lleno de sacos de lana. Acto seguido una mujer gritó. Apenas pude darme vuelta para ver la suela de una zapatilla y plaf. No recuerdo más.

Si, penoso final el de mi otra vida...

13/10/09


Un patio de cemento gris de unos 3x2 metros.
Centrada contra la pared del fondo: una pileta de hormigón.
Una señora lava ropa en la pileta, friega y friega, con ritmo constante. Viste de azul y tiene un delantal rojo.
La imagen se aleja y al mismo tiempo empieza a girar, cada vez más rápido, gira y gira, mientras la señora sigue fregando la ropa.
La imagen se hace chiquita mientras gira.

Así me imaginaba yo la eternidad cuando tenía 6 años.

9/5/09


Cuando era chiquita (edad comprendida entre los 0 y los 6 años) admiraba a mi papá, como todos los niños, pero en particular admiraba sus dibujos.
Me encantaban sus dibujos.
Todo surgió un día en que me dibujó una bruja: era la cara de la bruja, de perfil, con rasgos similares a los de mi abuela (coincidencia?), una nariz prominente de la cual nacía un lunar con pelos, la pera torcida, las arrugas en detalle, era una bruja perfecta, lúgubre, que daba miedo.

Entonces empecé a pedir con insistencia (cuando yo pido algo es con insistencia, sino no lo pido), que me dibujara una princesa.
Mi papá se hacía desear. Pasaban varios días, semanas incluso, yo meta pedirle que me dibujara una princesa. Hasta que por fin se sentaba, lapiz y papel en mano. Mis ojitos brillaban espectantes. Él empezaba su laborioso trabajo sin dejarme ver el avance. Cuando me mostraba el resultado, era siempre el mismo: una bruja de perfil.
Me daba mucha rabia. Me ponía malísima y volvía a insistir con que quería una princesa. Eso divertía mucho a mi padre.
Mi tarea de insistir volvía al comienzo.

Y así se repetía el ciclo: yo meta insistir con la princesa, mi padre dibujando brujas.
A veces la bruja estaba volando en una escoba, a veces parada al lado de un gato, y sino la famosa bruja de perfil. Llegué a tener una colección de brujas en diferentes tamaños y hojas (servilletas, cuadernos, libretitas, papel higiénico).

Un día... como pasa con todo... me rendí.
Ya no le pedí más princesas ni brujas ni nada.
Y entonces... como pasa con todo... fue mi padre quien vino a mi, ofreciéndose para dibujarme una princesa.
Creo que eso ya me enseñó una importante lección.

Pero la siguiente y que más me marcó, fue ver el esfuerzo que puso mi padre por hacerme el dibujo de una princesa tal como yo reclamaba.
Hizo lineas auxiliares, marcó referencias, se apoyó con el lápiz de mil modos, y el resultado iba quedando realmente horrible.
Al final, tras mucho sudor y goma de borrar, me entregó la lámina con un poco de verguenza en los ojos. Yo igual sonreí, al recibir la princesa más fea jamás dibujada.
Fue así que me di cuenta que mi padre sólo sabía hacer brujas.
Capaz que lo había aprendido a hacer paso a paso y por eso le quedaba tan bien. Pero era lo único que sabía realmente dibujar.
Y entendí que las veces que me hizo rabiar, no es que no quisiera dibujarme una princesa... es que no sabía cómo hacerla.