De todo un poco y de nada mucho


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22/3/10

Sonó el teléfono y rompió el silencio de la mañana. Era el abogado. Me comunicó que estaban prontos los papeles de divorcio, así que debía ir cuanto antes a firmarlos.

Al cortar me hundí en un mundo de recuerdos. Flashes que iban y venían por mis pupilas. Me sentí triste, pero no entendí muy bien la razón. Hacía ya cuatro años que estábamos separados. Él incluso se había vuelto a juntar y yo por mi parte tenía otra pareja hacía ya tres años.

Sin embargo, la noticia del divorcio era como el punto final. Ya no más peleas, no más encuentros para resolver temas engorrosos, no más lazos de ningún tipo. Ya no habría nada que nos mantuviera conectados, sólo un recuerdo en común de un pasado acabado.

Al día siguiente fui hasta la oficina del abogado. Me entregó una carpeta con todos los archivos y documentos, y había adjuntado un álbum de fotos grande, con tapas duras de seda celeste. Tenía las fotos de nuestro casamiento. Cómo le llegó al abogado? No lo recuerdo, tal vez se lo di yo misma, hace tanto que empezó todo esto…

Las fotos reflejaban la alegría de un momento efímero. Las miré rápidamente, pues no quería seguir atada a un sentimiento ya extinguido. Ahí estaba congelado un momento que ya no volvería, congelados estaban los amigos, la familia, nosotros mismos. Me veía linda en mi vestido blanco. Me detuve a pensar en mi sonrisa, no era una sonrisa muy feliz… tal vez era un augurio de lo que vendría.

Firmé los papeles y volví a mi casa. Todavía tenía que firmarlos él y luego nos volveríamos a encontrar en una última reunión para dejar todo terminado.

El jueves a la mañana me levanté temprano. Era el día. Lo vería por última vez. Me sentía un poco nerviosa. Hacía mucho que no lo veía. Llegué puntual a la oficina del abogado. Él ya estaba ahí. Nos abrazamos con un abrazo cómplice. Ninguno dijo nada, pero ambos sentíamos lo mismo: fracaso, frustración, rencor, cariño, un batido de sentimientos.

El abogado nos entregó todos los papeles, firmamos lo último que era necesario y listo. Ya estaba terminado. Estábamos divorciados.

Salimos juntos de la oficina, callados los dos, cada uno encerrado en sus propias conclusiones. Mirando nada más que el piso, comenzamos a caminar. Íbamos juntos pero totalmente separados.

Un par de cuadras más adelante él rompió el silencio. Me invitó a tomar algo para conversar. Entonces me senté en la entrada de una casa que por casualidad estaba ahí en ese momento. Lo miré y con un suspiro de rendida le dije que no tenía sentido. Conversar? De qué? Abrí la carpeta que me había entregado el abogado minutos antes y le conté sobre el álbum de fotos. “Parece que lo hubiera dejado acá a propósito. Para que recordáramos lo que nos prometimos hace tanto tiempo atrás”. Lo abrí justo en mi foto preferida, esa en donde se notaba mi hermoso vestido blanco y mi sonrisa de MonaLisa.

Insistió en acompañarme a casa, así que seguimos caminando juntos. De a ratos yo lo miraba de reojo, y pensaba cómo pudimos llegar a estar tan lejos. Él era todo lo que yo una vez quise. Ahí estaba, igual que siempre, el pelo castaño y un poco revuelto, la barba apenas asomando, su camisa blanca… la misma de siempre?

Una vez en casa lo invité a subir. Nos sentamos en la terraza y le ofrecí un café y unos grisines integrales que encontré en el placard.

Nos pusimos a charlar, siempre serios, era obvio que los dos estábamos pensando en lo mismo, pero no queríamos decirlo: qué pena que todo terminó así… éramos lindos juntos. Podríamos intentarlo de nuevo? No… no… para qué? Ya sabemos que no funcionó. Pero por qué no funcionó? Ya te perdoné las cosas que me hiciste mal. Ya olvidé aquello que me molestaba de vos. Podríamos volver a lastimarnos una y otra vez, no tiene sentido. Tendrá hijos ya? No me animo a preguntar. No creo que los tenga. Y por qué se quedó acá a conversar? Ya es libre, que se vaya con su nueva mujer. Pero no quiero que se vaya. Se siente bien su compañía…

Me levanté a buscar más café, y en eso llegaron mis padres de visita. Al momento él se levantó como un resorte, y vino corriendo a la cocina. Se sentía incómodo con la idea de que mis padres lo vieran ahí. Me abrazó en señal de despedida. El último abrazo, y luego se fue.


(16.12.07)

15/10/09


Lo primero que veía eran varios cadáveres de cabra. Algunos más completos que otros.
Me daba un poco de horror pero seguía caminando. Los cadáveres empezaban a ser cada vez más variados: de oveja, de vaca, de perro...

Y después, lo más horrible: cadáveres de caballos. Muchos. Uno al lado del otro. Muchos caballos deshuesados.

En ese momento gritaba. Miraba para todos lados, y me rodeaban los cadáveres de animales.

Me desperté sabiendo que debía volverme vegetariana.

16/9/09


Anoche soñé que corría.
Corría y corría. Bajaba y subía los cordones de la vereda sin problema.
No corría escapando de nada. Simplemente corría.
Y lo mejor de todo era: que no me cansaba para nada.

22/5/09

Anoche fui atacada por mi propia almohada.

Estaba soñando plácidamente, cuando de pronto me despertó un ruido. Miré y a pesar de la oscuridad logré ver un par de señoras que estaban entrando a mi cuarto a través de la terraza.
Aterrada les dije que se fueran. Quise gritar "socorro" pero la voz no me salía.
Ellas reían y me decían que no me esforzara en gritar, porque nadie iba a escucharme.
Entonces me levanté y fuí hasta la puerta, la abrí y comencé a gritar hacia el pasillo "socorro, socorro" pero la voz no me salía.
Ellas reían de un modo macabro.

Entonces me desperté.
Miré hacia la ventana y comprobé que estaba cerrada. Nadie había ingresado.
Quise incorporarme para ver mejor, pero la almohada no me lo permitió. Me agarró literalmente la cabeza. Y la apretó. La sensación era de ahogo, no podía respirar y quise gritar por ayuda, pero nuevamente, la voz no me salía.

Entonces, por segunda vez, me desperté... pero ahora de verdad.
Miré a mi almohada con desconfianza. Parecía tan inofensiva!

Después de eso ya no pude dormir bien...

10/12/07


LA FIESTA

Llegué a la fiesta un poco tarde, pero con tanto sueño que no saludé a nadie. Subí las escaleras de la que era como mi propia casa, busqué un cuarto vacío y me tiré a descansar la vista.
Cuando desperté ya casi no quedaba nadie en la fiesta. Bajé un poco tambaleante, aún recuperando las fuerzas de un sueño tan profundo. Abrí la puerta de la sala principal y lo vi a él. Hacía mucho tiempo que no nos cruzábamos, así que me alegré de verlo. Enseguida recordé que hacía apenas minutos, durante mi descanso, había estado soñando con él. Qué coincidencia, pensé.
Me acerqué y nos saludamos como si hiciera años no nos viéramos. Con una sonrisa de oreja a oreja me preguntó cómo estaba. Y con una sonrisa igual de grande le dije que estaba bien, "qué casualidad recién estaba soñando contigo". "En serio? - dijo él, y me volvió a abrazar, - vos y yo podríamos divertirnos mucho juntos". Yo me reí pero él no pudo notarlo, porque, cosa curiosa en los abrazos, cada uno mira para el lado opuesto...
Ya se iban todos los invitados, así que emprendí mi propia retirada, cuando él me pidió que lo dejara acompañarme -"estuviste durmiendo hasta hace poco, y no quiero que te pase nada" - me pareció un lindo gesto, y aunque me sospechaba que tal vez tendría intenciones menos sanas debajo de ese ofrecimiento casi paternal, le dije que estaba de acuerdo con que viniera, pero que no se esperara nada más. Para demostrarme que sus intenciones eran de caballero, no se subió al auto, sino que me siguió de cerca con su bicicleta. Pedaleaba tan apurado, para no perderme de vista, que me causaba una mezcla de ternura y gracia. Desde la ventanilla le gritaba alguna frase de vez en cuando, como para que sintiera que le agradecía su compañía. La carretarea estaba muy oscura, no se lograba ver bien el camino. Sobre la derecha pasaba un rio, que se iba haciendo cada vez más profundo, dando incluso la sensación de precipicio.
Y entonces, como si ya no fuera suficiente el tener que pedalear en traje y a esas horas de la noche, mi "guardaespaldas" tropezó, perdió el equilibrio, y en un abrir y cerrar de ojos cayó al río. Por suerte su caída se amortiguó con el agua y no le pasó nada. Sólo se ensopó y se rompió un poco el pantalón del traje. Enseguida bajé del auto e intenté ayudarlo, pero se notaba por su cara que se sentía humillado, avergonzado por la caída desgraciada que había tenido. Abrí la valija del auto en busca de una toalla, yo sabía que tenía una dentro de un bolso. Saqué la toalla y se la alcancé para que se secara.
En eso estábamos, cuando vi que se acercaba un patrullero. Frenaron delante de mi auto, con las luces de techo prendidas. Me iluminaron con una linterna y me obligaron a poner las manos sobre mi cabeza. Creyeron que estaba intentando robar el auto. Me empujaron contra el capot, y comenzaron a buscar evidencias del hurto. Yo les decía - "están equivocados, este auto es mío, no es lo que parece" - pero ellos ignoraban mis palabras, y para que me estuviera quieta, uno de ellos me aplicó una inyección de algún tranquilizante. Ignoro qué era, pero al instante comencé a sentirme somnolienta otra vez. Mis ojos querían cerrarse pero yo los obligaba a permanecer abiertos. Las últimas palabras que escuché antes de perder el conocimiento, fueron las del otro policía, que le decía al primero: "tiene razón la señora, este auto es suyo".

No sé cuantas horas habrán pasado, pero cuando abrí los ojos había mucho silencio en la habitación. Ni parecía que hubiera una fiesta abajo. Aún tumbándome por el sueño profundo que había tenido, busqué las escaleras y bajé. La fiesta estaba terminando. Abrí la puerta de la sala principal y ya casi no quedaban invitados, pero en el medio del salón lo vi. Y entonces recordé... hacía apenas unos minutos había estado soñando con él.