De todo un poco y de nada mucho


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17/3/10


Y ahí nomás dejaba la ciudad del cemento, la ciudad que no duerme.
La fila de espera no era larga, pero haciendo caso a su negación por las filas, sean del tamaño que sean, prefirió esperar sentada.
Se escuchaban varios idiomas simultáneos: español, portugués, inglés, chino.

Afuera, 33 grados.
Adentro… qué dilema el adentro. Un hilo delgado el de adentro. Tirando. Alargando lo inalargable.

Leí por ahí que por algo no se construyen puentes de un solo apoyo. Ya está estudiado. No se sostendría.
Si es puente, que cruce.
Y para cruzar debe apoyarse en ambas orillas.
Ahora… puede que se apoye en los dos lados, firme y decidido. Pero ahí vienen otros inconvenientes: los cortes de ruta.
Hay un corte de ruta en este puente. No hay dudas. Lo dice la fila de espera, que ahora es mayor. Y ahora ella duda sobre seguir sentada.

Un sentimiento de tristeza. Otro de abandono. Hay sentimientos varios. Se pelean, se mezclan, se chocan. Se interponen. Sigue sentada. No es cuestión de observar de lejos, como en un acuario. Así le han dicho que es ella: una espectador en un acuario.

Y ahora la fila avanza. – Ves? No hice mal en esperar sentada – comenta ella.
Y no, no hizo mal. La fila avanza y todos van a entrar al avión. Porque los cortes de ruta nada le hacen a los aviones. Y porque entrar primero o entrar segundo, da lo mismo. Todos llegan a destino al mismo tiempo.

9/2/10


"De todo laberinto se sale por arriba" - L.Marechal

Cuando estuve en A Coruña, me llevaron a conocer el monte San Pedro, con una increíble vista panorámica y un restaurante bastante coqueto.
En ese lugar había, y hay todavía, un laberinto.
No recuerdo si tiene algún nombre particular, creo que no.
Es un laberinto hecho con setos, de 2 metros de altura aprox.
Fue verlo, y por supuesto, querer adentrarse en él, jugar en él, desafíar al diseñador, batir algún record, etc.
No estaba yo sola, así que instintivamente empezó la competencia. O mejor llamémosle "juego".
Enseguida nos dispersamos. Algunos tomaron por un camino, otros por otro, yo por otro distinto.
No sé cuánto tiempo estuvimos ahí adentro.
Capaz que fueron 10 minutos, media hora, toda una tarde. No importa. La cuestión es que no lográbamos encontrar la salida. Nos cruzábamos en los callejones del laberinto, nos gritábamos de un lado al otro, hasta dejamos la competencia de lado, para empezar a jugar juntos. Pero ninguno logró encontrar la salida.
Desde arriba, los que nos habían llevado al lugar (locales ellos), nos observaban y se reían. En vano les pedimos ayuda, una guía desde su vista privilegiada, que nos dijeran "derecha izquierda caliente frío".
Ellos se reían, sólo eso.

El hecho es, que este laberinto del monte San Pedro, no tenía ninguna salida.
O visto de otro modo: la salida era la misma que la entrada.

Para cuando nos dimos cuenta de ese detalle, estábamos agotados. Ni gracia nos dió descubrir la "solución" al problema.
Por supuesto surgieron enseguida los chistes fáciles, del tipo: "tenían que ser gallegos", "mirá como hacen los laberintos estos gallegos", "hay que ser gallegos! hacer un laberinto sin salida!"...

Pero todo tiene su enseñanza, por supuesto.
Y como toda buena enseñanza cae con gotera, y la vine a descubrir mucho después.

Hoy, me senté meditabunda a mirar por la ventana. Tantas cosas pasaban por mi cabeza. Situaciones que se repetían, charlas girando en mi memoria... cosas, digamos, que vuelven y vuelven, en un vaivén que parece no terminar nunca.
Y entonces me di cuenta, de que estaba como en el laberinto de A Coruña.
Dando vueltas y vueltas buscando un camino donde en realidad no hay más nada.
Donde en realidad la solución no es tratar de encontrar la salida de ahí, sino volverse al comienzo.

La verdad es que todavía no definí del todo la analogía, pero sé que existe una.

En principio me gustaría decir que no son tan gallegos estos gallegos...


*ruego a los gallegos que lean esto: no ofenderse.
nuestros chistecitos son cariñosos.
:)


foto del laberinto visto de arriba.
gracias a google earth y a wattanaii por su colaboración :)

12/11/09


A un año de haber vuelto, y a modo de homenaje, dejo acá un cuentito que escribí en su momento...

Nepal

Eran las 5.30 de la mañana cuando me desperté agitada y transpirando. Estaba en Katmandú. Habíamos viajado mucho el día anterior y habíamos llegado tarde al hotel. No habíamos visto nada de la ciudad todavía.

Me levanté, aún dormida, y recorrí la habitación buscando el frigobar. El cuarto donde me habían alojado pertenecía a una persona importante, un director ejecutivo o algo así, y por lo tanto tenía ciertos privilegios. Para empezar, era enorme. Tenía una sala con mesa y sillones, placar, cama king size, otra mesa y más sillones. Los muebles eran todos en madera tallada con arabescos y animales y con incrustaciones de nácar. Frente a la cama, un ventanal me mostraba las azoteas de las casas cercanas. Entraba un viento cálido y suave.

El desayuno empezaba a las 6 así que decidí esperar despierta.

Todavía me sentía mareada, confundida. Había viajado mucho y no entendía muy bien ni qué día era ni mucho menos dónde estaba.

Desayuné y me informaron que al medio día habría una excursión. Antes de eso, quise salir a buscar un cyber. Tenía tanto sueño que caminaba por las calles como flotando, sin darme cuenta de dónde estaba. En un momento, no sé bien por qué, me cayó la ficha, fue como si me despertara de golpe y me encontrara a mi misma tele-transportada en esas callecitas… “estoy en Nepal !!”- pensé. Y se me erizó la piel. Fue una sensación muy rara. Y no paró de serlo. Durante todo el tiempo que estuve ahí no lo pude creer. Me lo repetía una y otra vez “estoy en Nepal”, pero aún así me costaba incorporarlo.

Las personas, los comercios, el olor y los ruidos. Sensaciones que se me fueron colando por los poros, que me fueron despertando de a poco. Y que se fueron quedando. Mientras yo seguía repitiendo en mi interior “estoy en Nepal…”

Después de un rato de caminar y observar, tratando de recordar cada aroma, cada sensación, cada todo, decidí volver al hotel. Todavía faltaban un par de horas para la excursión, así que aproveché a acostarme un ratito más.

A las 5.30 me desperté, agitada y transpirando. Estaba en casa, en Montevideo. En mi cuarto de siempre, con mis cosas de siempre. Y entonces comprendí por qué estaba tan agitada… Nepal se había colado entre mis sueños. Nepal seguía en mí. Y ya no tenía que repetírmelo, yo también estaba allá.



17/8/09

La promesa

En una ciudad que no era la nuestra, me abrazaste con fuerza, con mucha fuerza. Tal vez duró unos minutos pero pareció mucho más. Después me miraste fijo y me pediste que no estuviera triste.

Yo asentí con la cabeza.

Me prometiste que el tiempo pasaría rápido. Que habrían llamadas, mails, visitas, y que el tiempo pasaría rápido.

Yo asentí con la cabeza.

Prometiste que todo iba a estar bien, que no tuviera miedo. Y asentí con la cabeza.

Pero mientras asentía yo me estaba despidiendo, en silencio.

Después tomaste mi cara entre tus manos y me diste un beso. Un beso largo. Que tal vez duró segundos pero pareció mucho más. Y mientras me besabas yo me despedía. Mientras me abrazabas, en silencio yo me despedía.

Después entraste a la estación y vi tu espalda perderse entre las demás espaldas.

Y ahí mismo lo supe, que algunas promesas están hechas para eso… para ser dichas, simplemente.


2/8/09

Itadakimasu

Cuando estuvimos en Japón, como es de suponer, no entendimos mucho del idioma. Pero sí nos esmeramos en aprender ciertas palabras o frases, como: "hola", "gracias", "si", "no", "chau" y ese tipo de cosas.

Los japoneses hablan como cantando. Es muy lindo escucharlos hablar. Fue muy lindo haber estado ahí, para escucharlos tan cerca, tan reales...

Pero esa no es la historia.

La historia es, que todas las noches que estuvimos en Tokyo nos íbamos a cenar a algún "bolichito" de una calle cerca del hotel. Era una calle bastante transitada, con lucesitas en los árboles y muchos de estos "bolichitos".

El sistema era siempre el mismo: al entrar, una máquina de menú te recibía con las diferentes opciones. Estaba la línea de las carnes, la de los arroces, la de los acompañamientos y la de las bebidas.

Luego de que elegías tu combinación, la máquina te calculaba el precio. Ingresabas los billetes o las monedas, y la máquina te daba un tiquecito, del tamaño de un boleto de ómnibus.

Con eso pasabas a la barra y te sentabas. No hay mesas en estos lugares, sólo barras con banquetas. Es que los japoneses están siempre muy apurados. Nadie se sentaría a comer, sería una real pérdida de tiempo.

Así que te sentabas en la barra y el mozo te pedía el ticket, con el cual preparaba tu cena. Siempre, no importaba la combinación que hubieras elegido, te ganabas un huevo crudo como aperitivo. Huevo crudo que nunca comimos. Huevo crudo que mi amiga una vez intentó hacer que se lo cocinaran, sin éxito alguno, porque los japoneses en general, por raro que esto suene, no hablan inglés.

La comunicación se hacía difícil, limitada, frustrante incluso. Más que nada para ellos, que son tan serviciales y quieren ser tan amables. Y no pueden entenderte ni hacerte entender. Se les nota en la cara la impotencia. Se bloquean. Te miran fijo y no saben muy bien qué hacer. Así sucedió la vez que mi amiga quiso que le hirvieran el huevo.

Pero esa tampoco es la historia.

La historia es que todas las veces, en esas noches que nos íbamos a cenar no como turistas, sino como japoneses, escuchábamos al mozo gritar, una y otra vez, cada 5 o 10 minutos, algo así como "itadakimáaaasu". No era molesto, no era gracioso, simplemente era desconocido. Intrigante. No entendíamos qué quería decir, si debíamos decir algo también, cómo debíamos actuar. Recuerdo alguna vez habernos burlado de esa fracesita. Risitas inmaduras o nerviosas tal vez.

Mirábamos a los costados, nadie contestaba y nadie se inmutaba tampoco. Siempre el cantito: "itadakimáaaasu"

Lo olvidé después. Lo olvidé cuando crucé el mar amarillo. Lo olvidé durante el resto del viaje. Pero no lo había olvidado del todo, en algún punto de mi memoria siguió latiendo, constante, intacto, hasta ayer.

Y esta sí es la historia: ayer vi una película japonesa, no importa el nombre ni la trama, importa que por primera vez desde que dejé Japón, volví a escuchar ese cantito tan familiar: "itadakimáaasu". Mis sentidos se dispararon, y entonces una sonrisa inevitable se plantó en mi cara. Ahi en la pantalla, en arial y en color blanco, estaba la respuesta a una pregunta que nunca formulé, por pereza, por falta de curiosidad o simplemente por olvido. Los subtítulos revelaban el significado de itadakimásu, quería decir "buen provecho".

Perdida en la traducción, no había entendido que todas esas veces, antes de comer mi cena, el mozo me estaba deseando, nos estaba deseando, que tuviéramos buen provecho.

Y me entró una nostalgia extraña, inexplicable. Quise volver atrás a esas noches, quise vivirlo de nuevo para poder responder como era debido. Poder decir "arigató", o sonreír al menos...

Y esta entonces es la historia, de cómo perdí ese momento, de cómo se me pasó, y de cómo la enseñanza me vino más de un año después, cuando distraída y de manera fortuita, me puse a ver una película cualquiera en una noche como tantas más.

9/6/09

7

Hoy hace 7 meses que volví de mi viaje por el mundo.

Parece mentira que ya pasaron 7 meses!!!
No es un número cualquiera, es muy significativo, ya que es el mismo tiempo que estuve de viaje.

Eso me hizo pensar un poco.

Durante los 7 meses que estuve viajando por todos lados, no había dimensión espacio-temporal. No del modo en que la conocía hasta ese momento.

Si pienso en todo lo que hice, todo lo que conocí, todo lo que viví en ese tiempo... 7 meses parecen mucho más.

Sin embargo... desde que volví en noviembre, hasta ahora... mmm... creo que me alcanza con una mano para nombrar las cosas importantes que me pasaron. De hecho, creo que me alcanza con 2 dedos!!

Realmente no entiendo qué estuve haciendo en estos últimos 7 meses.

Nada...
O si, hice cosas, pero nada muy trascendente.

No se bien cuál es mi reflexión al respecto. Tal vez eso de que el tiempo es muy subjetivo. 7 meses pueden ser mucho o muy poco.
Depende de las circunstancias, depende de uno, no se...

Voy a tratar de seguir meditando sobre el tema.

27/3/09

EL CATALÁN Y LA DUCATI

Salìamos de Barcelona en nuestra furgoneta azul. Eran casi las 2 de la tarde. Yo manejaba... (agarrense)...
Ya habìamos levantado a casi todos los integrantes, sòlo nos faltaban 2, e ìbamos camino a su casa. Tomamos la ruta (una ruta secundaria, quiero aclarar).

El GPS, uno de nuestros mejores amigos durante el viaje (otros fueron Mc donalds, Decathlon y Carrefour), me indicò bastante sobre el pucho, de que debìa doblar a la derecha. No me diò el tiempo, asì que tuve que seguir. El aparato "recalculò" y me indicò unas vueltas increìbles para volver al lugar de arranque... y al pasar por la misma salida volviò a indicarme MUY sobre el pucho que debìa doblar a la derecha. Ya cansada de tanta vuelta, y en un reflejo de conductora sagaz, mirè por el retrovisor, me cercionè de que no venìa ni un alma, y clavè los frenos (si... en medio de una ruta... ya sè...).

Volvì a mirar por el espejito, y ahì estaba la ruta, limpita, vacìa, como en el medio de la nada. Asì que sin pensarlo di marchatràs (si... ya se... no se hacen esas cosas en una ruta).

Quiero dejar claro, antes de seguir con esta anècdota que seguro servirà de escusa para las burlas màs ocurrentes, que la furgoneta iba cargada hasta el techo, literalmente. Por lo tanto, no podìa ver para atràs, sòlo podìa ver con el espejo del costado.

Bueno, cuestiòn que dì marchatràs y en eso siento PUM y un grito de pànico "paraaaaaaa".

Frenè en cuanto escuchè el estruendo. Nadie entendìa nada. Miro para el costado y veo, con terrible sorpresa y miedo a la vez, a un pobre hombre tirado en la calle, con campera de cuero negra y casco rojo, y su moto (que despuès resultarìa ser una Ducati recièn salida de la tienda) estaba abajo de las ruedas de la furgoneta.

Para peor... quise salir y le pasé 2 veces más por arriba a la pobre Ducati, mientras el catalán, tirado en el piso seguía gritando "paraaaaaaaa".
A continuación no sé muy bien lo que pasó porque yo era un saco de nervios. Ayudamos al catalán a incorporarse y a incorporar su moto.
El pobre tipo seguía gritando "que no se puede dar marchatrás en una ruta tío, es de cajón!"
Y yo diciendo "perdón, tenés razón, es que el gps... y el espejo... y ... y ..."
Pero el tipo seguía enojadísimo, y repitiendo que yo era una bestia al volante (tenía derecho) así que en un momento me enojé: "bueno a ver... la moto apenas se rayó, vos estás bien, no te hiciste nada, ya te pedí perdón, dejá de gritar flaco".

Entonces el catalán se sacó el casco, que hasta ahora tenía puesto, y dejó ver, para asombro del plantel femenino de la furgoneta, que era el hombre más espectacular jamás visto. Rubiecito, ojos celestes, rasgos perfectos...
Al instante nuestras caras se desfiguraron: los ojos se agrandaron al doble, las quijadas cayeron y las voces tartamudearon "este... tenés toda la razón en estar enojado, soy una bruta, una bestia, una anormal, no debería manejar nunca más, disculpame, te repito, tenés toda la razón".

Pero no quedó ahí... el catalán prosiguió y se sacó la campera de cuero, y quedó a la vista su espectacular físico, cubierto por una remera blanca ajustada. Parecía un reclame de Levis...

Las 3 mujeres seguíamos encandiladas y embobadas con la presencia de este "David Beckham" catalán.
Los 2 hombres de la furgoneta miraban con cierta envidia, captando al toque la razón de nuestra voz quebrada.
Mientras esperábamos al seguro, para que viniera a buscar al catalán, nos sentamos en el cordón a charlar con él. Le contamos de nuestro viaje, de nuestra experiencia, de todo lo que habíamos vivido. El tipo se fue aflojando, y resultó que además de tener una cara y un físico perfectos, era el tipo más simpático, humilde y amable que conocí en toda españa. Quedó asombrado con todo lo que le contábamos; nos habló de su vida, su trabajo, su novia (unfortunately)... al final terminamos como chanchos. A los abrazos y besos, dejando promesas de un asadito si alguna vez venía al Uruguay.

Y así fue, que a partir de ese momento, quedó marcado en la furgoneta el dicho "fuerte como catalán en moto".

(pd: vicens, si estás leyendo esto... espero no te ofendas ;o)

30/1/09

TE EXTRAÑO

Es que ya me había acostumbrado a tenerte cerca. No importa donde fuera, sabía que ahí estarías. Esta ciudad se siente tan vacía sin vos... que se hace insoportable seguir viviendo.

Extraño tu presencia, tu olor a lavanda que se impregnó en mis narinas, tu imagen siempre perfecta, tus colores celeste y blanco.
Extraño contar contigo. Extraño compartirte, mostrarte, llevarte.
Extraño tus ofertas, tus descuentos de ocasión, tu sección de camping con novedades y chucherías, las bolsa-pelota por un euro cincuenta.
Enfin, extraño todo y no veo la hora de volverte a ver... Decathlon querido.

15/11/08

Volví... creo que este lugar está vacío... se cayó un poco de revoque y el olor a humedad invadió los placares. Las telas de araña cruzan sin pudor de un lado a otro de la sala. La pintura que una vez fuera blanca se presenta amarillenta y agrietada. Seguramente estuvo vacío por mucho tiempo. Va a costar trabajo levantar esto. Pero no me preocupa, la verdad es que no tengo mucho que hacer de todos modos. Así que tablita a tablita, iré levantando de a poco este blog. Primero alguna entrada sin sentido (creo que ésta sirve) y alguna foto sorprendente (tengo 48gb para elegir) y después remar un poco en blogs vecinos. Si... va a ser duro... pero confío en que lo voy a lograr. Bienvendios pastiches nuevamente. Estuve de viaje, pero ya volví !

5/1/08

Sábado a la noche otra vez...

Enero se presenta tranquilo. Por primera vez en años (como 10 años creo), no me fui a ningún lado de vacaciones. Así que es sábado a la noche y estoy sola en mi cuarto, con la única compañía de una máquina de 30x27 cms, escribiendo non-sense en mi cama.
También me acompaña el ventilador (amigo fiel en estas noches de verano) y la música que proviene del cuarto de al lado (tengo DJ privado).
No me quejo... en poco tiempo me voy a estar yendo en un viaje por el mundo que durará 6 meses y 20 días. Y cuando digo viaje por el mundo lo digo literalmente, no estoy haciendo figuraciones ni metáforas raras con el efecto de algunos tóxicos alucinantes (de alucinar, no de que estén geniales).
Así es que, sin querer gastar dinero en vacaciones de "poca monta", este enero me encontré sola en la gris Montevideo. Sola mismo, porque ni los vecinos se quedaron. Ni mi novio se quedó. Nadie. Sólo yo, Humberto y Dana (mi cocker de 10 años).
De todos modos es un poco triste, estar acá, desahogando mis ansias en un teclado y distrayendo mi tiempo con un monitor.
En la tele no hay nada, ni me gasto. Seguro pesco algún reclame con la insoportable voz de Humberto de Vargas y me puede dar un ataque de epilepsia. Ahora que me doy cuenta, De Vargas es tocayo de Humberto mi cobayo (y una vez más la rima me acompaña, que dulce suena todo así engarzado).
Me dejo de divagues. Mejor será que siga haciendo Sudokus. Por lo menos nadie tiene que leerlos y sufrir con ellos.
Saludos queridos lectores, no dejen de pasar por aquí, así al menos no me siento tan patéticamente sola.


Planisferio con los lugares que voy a visitar en mi travesía.